Patagonia, Las Leyes
de la Alta Montaña


Señor árbol, hasta aquí has de llegar

A lo largo de la vasta cordillera andina la línea del bosque logra trepar hasta los 3.900 m en zonas del Perú, y hasta solo 500 a 600 m en las montañas que se enfrentan con el Canal Beagle.
En tanto la línea de nieves permanentes empieza entre los 4.500 y 5.000 m cerca de la línea del Ecuador, y desde menos de los 1.000 m en las cumbres fueguinas.
Por encima de la línea de bosque y hasta el borde inferior de las nieves permanentes, se concentra la mayoría de las plantas y animales de alta montaña. En realidad ni una ni otra son líneas bien definidas, sino más bien zonas de transición. Como se da también entre el bosque y estepa.

Nos puede parecer muy obvio que así sea, pero ¿por qué no hay bosques en las cumbres de las montañas?
¿Acaso tiene que ver el descenso de temperatura al ganar en altitud?, ¿serán responsables las avalanchas de nieve o los fuertes vientos?, ¿habrá limitaciones para la reproducción?, ¿será la escasez de agua o nutrientes del suelo?, ¿o la captación de carbono para la fotosíntesis será insuficiente?

Para saber más sobre el tema, un grupo de investigadores analizó y comparó 115 bosques de altura de zonas templadas y frías del mundo. En cadenas montañosas de Asia, Europa y Norteamérica, la temperatura y el límite arbóreo en altura tienden a disminuir hacia los polos. La temperatura a nivel raíz y la estacionalidad serían los principales controles del límite arbóreo en altitud, al menos en el 80 % de los casos analizados.
Con temperaturas mínimas críticas en la etapa de crecimiento (el verano), las raíces y tallos de los árboles no se desarrollan o apenas lo hacen; y el intercambio de gases por fotosíntesis es mínimo.
Por otro lado, de menor a mayor amplitud térmica entre verano e invierno, tienden a prevalecer árboles de hoja ancha (perennes o deciduos), coníferas siempreverdes y finalmente las coníferas deciduas.

En los bosques templados del Hemisferio Sur reinan los árboles de hoja ancha del género Nothofagus (en la Patagonia la lenga, el ñire, el coihue, el guindo, etc.) y las escasas especies de coníferas nativas raramente marcan el límite arbóreo en altura.

En los Andes patagónicos la lenga, que pierde sus hojas en el otoño, domina en la línea de bosque. Y para una misma latitud el límite arbóreo de nuestra lenga alcanza elevaciones que superan en 250 metros a los Nothofagus de hojas perennes de Nueva Zelanda. En tanto en los bosques fríos del Hemisferio Norte los dueños de las laderas son coníferas de la familia Pinaceae (pinos). Y a similar latitud la línea de bosques en dicho Hemisferio trepa entre 1.000 y 1.500 metros de altura más que en el Hemisferio Sur.

Como ejemplos extremos de la diferente resistencia de los árboles a las bajas temperaturas, en el Hemisferio Sur nuestro ñire soporta hasta alrededor de 22 °C bajo cero, mientras que en el Hemisferio Norte el pino enano de Siberia tolera hasta 70 °C bajo cero.

Con estos datos entre manos, podríamos preguntar ¿La escasez de coníferas de altura en el Hemisferio Sur influye en que nuestra línea de bosque sea bastante más baja?; y si algo de eso hay, ¿acaso los pinos del Hemisferio Norte introducidos en la Patagonia pueden invadir ambientes altoandinos?
No es fácil saberlo. Pero una señal de alerta es el hecho de que en diversos lugares de la región del Nahuel Huapi los ejemplares de pino Oregón (originario de Norteamérica) son cada vez más numerosos y de mayor tamaño. Es el caso por ejemplo en el Cerro Otto, o en el primer tramo de la picada que desde Colonia Suiza sube hacia el refugio Manfredo Segre de Laguna Negra. O en el Cerro Pirque, lindante con el Parque Nacional Lago Puelo, en Chubut. Allí el Pino Murrayana (también de Norteamérica) ha llegado hasta la mismísima cumbre, a unos 2.000 metros sobre el nivel del mar, e incluso ha invadido los mallines.
Los ejemplares que llegan al límite del crecimiento arbóreo no son estilizados árboles, más bien crecen como matas bajas y retorcidas.

Vivir al límite

La vida fuera del agua habría surgido en lugares protegidos, cálidos y húmedos, extendiéndose después hacia habitats más adversos. De allí que las plantas que viven en desiertos cálidos y fríos, los dos extremos térmicos del mundo, podrían tener raíces evolutivas comunes. Si bien necesitan adaptaciones diferentes.

Una vez con capacidad para sobrevivir a muy bajas temperaturas, ciertas plantas empezaron a trepar montañas. Para ello, obviamente, otro requisito básico fue tener montañas: el aflorar de las principales cadenas montañosas que comenzó a darse desde hace por lo menos 65 millones de años aceleró el surgir y evolución de especies de plantas alpinas.
Con el paso del tiempo y los cambios de clima las altas montañas comenzaron a ser aislados refugios, en especial para algunos grupos de animales como artrópodos grandes y no voladores, peces en cuerpos de agua dulce cerrados, anfibios y reptiles. Pero también fueron auténticos corredores de migración para otros, como ser muchas plantas, insectos voladores y ciertas aves.
Las glaciaciones del Pleistoceno mucho han tenido que ver con esto en las montañas patagónicas. El último gran avance de los hielos en la Patagonia se dio hace 20.000 años.

Hacia lo alto, pocas plantas crecen hasta los 6.000 metros de altura (ver Pág. 00), donde las situaciones límite son cosa de todos los días. Es decir, normales para el lugar. Si trasladamos plantas genéticamente adaptadas a dichas elevaciones hacia zonas más bajas, muchas pueden morir o ser superadas por especies nativas del nuevo hábitat. Muestra de que el concepto de ambiente límite es relativo.

Lo cierto es que las plantas de alta montaña crean sus propios microclimas según tamaño, arquitectura, color o pubescencia. Logran así mejor protección y resistencia ante las inclemencias climáticas. Por ejemplo en los Alpes se midió que mientras un montañista estuvo expuesto a 4º C, fuertes vientos y humedad relativa del 40 %, una pequeña planta que apenas le llegaba a la altura de los tobillos registró 27º C, vientos débiles, y humedad relativa del 98 %. Sin duda los informes meteorológicos que podemos obtener sobre la alta montaña nos dan datos climáticos que son diferentes a los que afectan a las plantas que allí viven. O al menos no tienen el detalle que marca las diferencias.

Con la gran variedad de microhabitats y grupos taxonómicos de alta montaña, es muy difícil encontrar principios generales, pero algunas cosas se pueden decir. Hay arbustos y muchos subarbustos enanos o acojinados que forman carpetas leñosas apretadas contra el sustrato, logrando protegerse contra la deshidratación, los rayos del sol y el viento. Las raíces de casi todas estas plantas se fijan bien en los inestables sustratos, pueden alcanzar los niveles del suelo con humedad y almacenar reservas para los tiempos difíciles.
Y cuanto más cerca del suelo este la planta más calor puede acumular en su follaje. Aunque a riesgo de sobrecalentarse en el verano, con temperaturas por encima de los 30 °C aún con sus raíces en suelos congelados.

En la Patagonia altoandina distintas especies tienen hojas reducidas (murtilla) o enrolladas (coirón) para disminuir la evapotranspiración; muchas poseen hojas coriáceas (género Nassauvia) para protegerse del viento y las heladas; o pelos en la superficie de sus hojas (Oxalis erythrorhiza) ganando en eficiencia para reflejar exceso de luz. Hay pastos con hojas muertas que encierran a las vivas, barrera contra el viento y el frío, además de ayudar a mantener la temperatura interna y controlar el ciclo de nutrientes.

Una estrategia de muchas plantas para evitar las bajas temperaturas es tener un ciclo anual. Pero pocas lo logran en los ambientes de alta montaña al ser difícil que las semillas se establezcan y crezcan cada temporada.


Bajo nieve

Podríamos aseverar que la nieve y la alta montaña están tan ligadas como las olas y el mar. Y nieve y olas, se transforman sin cesar. Sus copos se sienten suaves y delicados cuando caen, pero desde que tocan el suelo empiezan a cambiar. En pocas horas alteran la forma y tamaño de sus cristales, y la ligazón entre ellos. Recién caída y bien blanca, refleja más del 75 % de los rayos del sol. Al acumular polvo y suciedad, su capacidad de reflejar puede bajar hasta el 45 %. En consecuencia absorbe más calor y se derrite más rápido. Estos cambios alteran también sus propiedades de brindar estabilidad o de aislar.
Por otra parte, el relieve, el viento y la cobertura vegetal de las montañas, determinan en buena medida donde y como se acumula la nieve. Con pendientes de 30° a 45°, crecen las chances de avalanchas. En general las áreas de bosques almacenan más nieve que las áreas abiertas: están más protegidas del viento, tienen más sombra y el derretimiento puede ser más lento. En muchos ambientes patagónicos de alta montaña la nieve está presente de 7 a 8 meses al año. Una gruesa cobertura llega a prevenir que el suelo se congele, por más que en el exterior haya temperaturas cercanas a los 20 °C bajo cero. También brinda protección ante la desecación y los rayos del sol, que pueden dañar tejidos vegetales en letargo. En días soleados hay plantas que fotosintetizan con 10 a 20 cm de cobertura de nieve y temperaturas de 2 a 6 °C bajo cero. Algunas sobreviven casi un año en estas condiciones. Hojas de algunas herbáceas que crecen bajo la nieve tienen rasgos en común con plantas de lugares sombreados, como ser alta concentración de clorofila. Y los niveles de dióxido de carbono bajo la nieve en general serían elevados, sea por aporte de la respiración de raíces o descomposición de materia orgánica. De no haber fotosíntesis, la energía es aportada por carbohidratos almacenados en estructuras de reserva como rizomas y tubérculos.
En regiones sin nieve invernal, como en áreas montañosas de nuestro noroeste, el suelo se congela hasta mayor profundidad y las plantas expuestas al aire sufren un gran estrés físico y fisiológico. Claro que estar cubierto por nieve también tiene desventajas. Las plantas soportan un peso encima, tienen menos oxígeno para respirar, y roedores y microorganismos las pueden atacar.

Cuando pasa el invierno la nieve se derrite y el polvillo que contiene llega a liberar nutrientes al suelo, aportando a la formación de humus. Según la luz del sol, las plantas pueden captar la estación del año y hasta día y hora clave para florecer y germinar. Pero una exposición prematura es riesgosa e incluso letal, ya que necesitan varios días para reactivarse. El pisoteo y el roce invernal de las tablas de esquí o de snowboard pueden eliminar en forma brusca y temprana la cubierta de nieve. Implicando daño, incluso mortal, para las plantas que queden expuestas. Para dar una idea, solo el Cerro Catedral ofrece más de 120 kilómetros de pistas de esquí y caminos.
Sin duda, la fantástica y poco conocida vegetación altoandina es muy vulnerable ante las perturbaciones que generamos.

A escala global, el cambio climático puede implicar menos cobertura de nieve en el invierno, y por tanto exposición a temperaturas más bajas para las plantas altoandinas que quedan expuestas. Entre otras variables, puede afectar la supervivencia de los brotes florales y sus tiempos de floración primaveral.

Cooperar en las alturas

Competir y competir. Por años la competencia dominó en la teoría ecológica como la fuerza que más regula las comunidades vegetales. Pero desde la década de 1990 comenzó a reconocerse otra fuerza de gran influencia: la facilitación. En la alta montaña permitiría que muchas especies crezcan hasta mayores alturas de lo que pueden hacer por si mismas. Y las gramíneas con sus ramificadas y fibrosas raíces se cuentan entre las primeras plantas que colonizan laderas con pendiente. Ayudan a estabilizar los sedimentos, y crean como parches más estables para los arbustos. Son interacciones positivas, cuanto menos para una de las partes. De hecho en base a un estudio sobre once cadenas montañosas del mundo se concluyó que ante las estresantes condiciones asociadas a la altura, en general las interacciones de facilitación entre los organismos dominan sobre las de competencia. Algo similar se da en nuestra estepa.

Las plantas en cojín son frecuentes en hábitats de alta montaña de regiones templadas y subpolares del mundo, en especial en el Hemisferio Sur, como en nuestra Patagonia. Sus formas compactas con alta densidad de hojas ayudan a mitigar los vientos, la escasez de agua y las temperaturas extremas, tanto en frío como en calor. Muchas tienen en sus hojas una cubierta de pelos que crea un límite entre su superficie y el viento desecante, y ayuda a una mayor reflexión de los rayos del sol. La velocidad del viento es casi nula en el interior de estas plantas, y en consecuencia pierden menos agua y calor. No nos queda más que maravillarnos ante semejantes adaptaciones.
Tan efectivos son los cojines para este ambiente, que distintas familias de plantas convergieron evolutivamente para crecer como tales.

Pero tal vez lo más interesante es que actúan como nodrizas: facilitan que otras plantas se desarrollen sobre ellas. Y estas últimas en su mayoría son pequeñas hierbas perennes que no compiten por recursos. En el Cerro Challhuaco por caso, las plantas acojinadas actúan como especies clave al ser nodrizas de especies que prosperan solo asociadas a ellas. Y según estudios en dicho cerro, las plantas nodrizas incorporarían una especie nueva cada siete años. Además ofrecen comida y refugio a invertebrados y pequeños vertebrados como lagartijas. En conclusión, se trata de facilitar y facilitar.

En busca de más pruebas, se hizo un estudio en zonas de alta montaña en el chileno Parque Nacional Torres del Paine, más precisamente en el cerro Diente. A solo 12 kilómetros al este del campo de hielo continental, donde el retroceso de los hielos ha sido relativamente reciente y los vientos soplan con fuerza. Abundan cojines de leña de piedra, arbustos postrados como Gaultheria mucronata, pastos, y herbáceas perennes.
Para dos alturas diferentes los investigadores contaron el número de especies y midieron las temperaturas del suelo y del aire dentro y fuera de los cojines: a los 700 m, justo por encima de la línea de bosque; y a los 900 metros, el límite superior del cinturón de cojines. Y las diferencias se hicieron notar:

La temperatura cae con la altitud, pero dentro de los cojines se mantiene estable y hasta más de 10 ºC por encima de la temperatura del aire. Buen empujón para la germinación. La planta nodriza también protege del viento, ayuda a mantener la humedad, y puede actuar como trampa de materia orgánica al descomponerse las partes viejas, e incluso como trampa de semillas de otras plantas.
En definitiva, la diversidad de las comunidades suele aumentar con los cojines.
En la Patagonia andina la leña de piedra jugaría un rol importante en estructurar las comunidades, en especial al ir trepando montañas.

Pero no todas son ventajas. Estos cojines pueden competir por espacio, por ejemplo a nivel de las raíces, limitando a las plantas que necesitan espacios libres para crecer. Por caso, Gaultheria mucronata crece hasta los 700 m de altura solo en suelos abiertos sin cojines.
Las interacciones positivas tienden a aumentar con la altura, a medida que las condiciones incrementan en adversidad.
Hilando más fino, se hizo una investigación sobre cojines de la herbácea tortilla de huevo, a 1.900 m de altura en la cordillera de Chile central. Dentro de estos cojines no sólo se encontraron más especies por unidad de área que en el exterior, sino que además el aumento en número de especies y de individuos aumento con la superficie. Dos opciones podrían explicar esto. Que los cojines grandes generen condiciones más favorables que los pequeños; o que tengan más años y por tanto hayan estado más tiempo expuestos a ser colonizados. Se comprobó además que el efecto nodriza de las plantas en cojín solo beneficia a algunas especies, no a todas ellas.

Ahora bien, los cojines también pueden actuar como facilitadores de especies exóticas invasoras, según se comprobó con el diente de león asociado a la leña de piedra en los andes centrales de Chile, a 3.200 metros de altura. Y así como el calentamiento global ayudaría al avance en altura de algunas especies nativas de zonas más bajas, el efecto también beneficiaría a ciertas especies exóticas.
Nuevos estudios en la Patagonia altoandina irán develando más sorpresas.

Fuente:
Patagonia, las Leyes de la Alta Montaña, 2007. Contacto Silvestre ediciones.
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