Estepa Patagónica
Los herbívoros silvestres de
la estepa

Hasta hace poco tiempo se creía que tras la extinción de los numerosos y grandes mamíferos herbívoros de la Patagonia que culmino a fines del Pleistoceno (hace unos 10.000 años atrás), las plantas de la estepa quedaron sin una presión de
selección importante de herbívoros.
De hecho, hay pocos herbívoros, en su mayoría son roedores y pequeños. El Huemul llegaba hasta la zona costera en la Patagonia austral, pero sus poblaciones no deben haber sido muy numerosas. Y también está el guanaco, claro.

Todo parece encajar bastante bien, aunque...

En la estepa hay diversos coirones que son no palatables, e incluso los hay tóxicos como el coirón negro o huecú, de amplia distribución en la Patagonia. Considerando arbustos, el duraznillo y el botón de oro, entre otros, tienen resinas diversas, y la mata negra, tan abundante en Santa Cruz, tiene terpenos. Sustancias de posible función defensiva. En tanto el colapiche, el calafate, y el molle son sólo algunos ejemplos de especies con espinas que más vale no clavarse. Basta un poco de caminata entre los arbustos para notarlo.

¿Por qué surgieron estas adaptaciones en las plantas de la estepa?
Los efectos combinados de intensa áridez y herbivoría, potencian en las plantas la adquisición de adaptaciones para resistir, como las espinas.

En la estepa patagónica en particular, el Guanaco es el único herbívoro abundante y de tamaño respetable que perduró después de la última glaciación. Cuenta con algunas ventajas, propia de camélidos, de ahí que puede vivir incluso en las altas mesetas de la estepa, no aptas para ovejas y menos aún para vacas.

Hay alrededor de 546.000 guanacos en la Patagonia (dato de 1997), pero antes fueron muchos más. Tras años de buen manejo y control de pasturas en la Tierra del Fuego chilena, de 1977 a 1993 la densidad de guanacos por km2 aumentó de 2,7 a 8,2 (aún en campos con hasta 50 ovejas y 3 vacunos por km2). En otras zonas, en contraste, la densidad de guanacos es baja, como en Península Valdés, con cerca de 0,6 guanacos/km2.

Estimando la potencialidad de recuperación de la especie para toda la estepa, los cálculos sugieren que hasta 22 millones de guanacos podrían haber vivido antes de la introducción de la oveja. A principios del siglo XX quedaban unos 7 millones, y en ese entonces, los ganaderos de Santa Cruz convocaron a una erradicación total de la especie, con el argumento de la competencia con sus ovejas.

Tantos guanacos en el pasado seguramente ejercieron una importante presión de selección sobre la vegetación, y entonces sí se entienden las defensas de las plantas. Es decir, habría una larga evolucion de presión de herbívoros. De hecho, sólo una porción de la biomasa de la estepa es palatable para las ovejas. Y es sobre ella donde se han dado los mayores cambios.


Los coirones y los arbustos


Los coirones son Gramíneas perennes que forman matas bajas y compactas. Tienen hojas duras y punzantes, con alto contenido de silicio y gruesa cutícula. Podés comprobar al tacto que en la estepa los pastos son más duros que en las pampas.
Al tener sistemas de raíces superficiales, durante la sequía del verano soportan condiciones más extremas que los arbustos, cuyas raíces más profundas alcanzan fuentes de agua inaccesibles para los coirones.

Sus flores son pequeñas, y dispuestas en panojas (conjuntos o inflorescencias). El viento dispersa su polen. Dan un pequeño fruto seco, con aspecto de semilla. En el coirón amargo es alargado y punzante en un extremo, y con un apéndice plumoso en el opuesto, semejando una flechilla. Sería una adaptación para enterrarse en el suelo, ya que al hidratarse, gira a la manera de un tirabuzón

Muchas matas de coirones mantienen una buena proporción de hojas muertas, aunque forman hojas nuevas todo el año, sin un período de letargo definido. En Gramíneas de alta montaña, las hojas viejas protegen a las nuevas, y podría ser el caso también para la estepa. El crecimiento de los coirones se beneficia al abrigo de arbustos. Hay especies palatables, y otras no palatables.

El coirón blanco o dulce forma matas de hasta 80 cm de altura. Sus hojas son algo blandas en comparación con las del coirón amargo. En plena estepa sus matas son más pequeñas y con hojas más cortas que en cercanías del bosque o a mayor altura sobre laderas andinas. Ha sido uno de los más afectados por el sobrepastoreo.

El coirón amargo, de hojas muy delgadas, forma matas de unos 60 cm de altura en vastas áreas de la estepa. Menos abundante es el coirón llama, de hojas pajizas y color blanco-amarillentos. Poco consumido por herbívoros, se fija bien en suelos erosionados y con sobrepastoreo. La floración de ambos dependería de la oferta de agua, muy variable entre años.

El coirón poa, de floración regular, es uno de los preferidos por las ovejas. Resistente a la sequía, se recupera con vigor en áreas sin pastoreo. De septiembre a noviembre es cuando más crecen sus hojas, hasta la época de floración, y a fines de diciembre maduran y se dispersan sus semillas.
El coirón fueguino domina en el distrito magallánico. De amplia distribución en la estepa, el coirón huecú es tóxico.

En relación a los arbustos, en nuestra estepa dominan los de portes bajos, hojas pequeñas o enroscadas y muchos con espinas. En general, un alto porcentaje de su tejido vegetal constituye el sistema de raíces. Algunos permanecen activos todo el año (el yuyo moro, el calafate, las jarillas) otros sólo en forma estacional (el neneo, el mamuel choique), y muchos florecen a fines de la primavera. Como consecuencia del sobrepastoreo, en algunas zonas la proporción de arbustos en la cobertura vegetal ha aumentado respecto a los coirones.

Más de 120 años con ovejas en la Patagonia

“18 de septiembre de 1888, Fortín Conesa, Río Negro. Grupo de pioneros inicia gran arreo hacia zona del Río Coyle, sureste de Santa Cruz”, podría haber dicho un telegrama informativo de aquel día. Dos años transcurrieron para estos hombres desde que partieron de Río Gallegos, compraron las ovejas en Río Negro y las arrearon cerca de 2.800 km, hasta por fin poder verlas pastar en sus campos.
Escasas referencias tuvieron para su ruta: rastrilladas de los tehuelches y un viaje de Carlos María Moyano en 1881, entre la isla Pavón y la colonia galesa del Río Chubut. Encontrar aguadas y arroyos, buen pastaje, atender pariciones, la esquila, y prevenir el ataque de zorros y pumas, fueron algunos de los desafíos que enfrentaron. El naturalista Enrique Burmeister los encontró en enero de 1889 bordeando el Río Chico, y refiere que llevaban cerca de 5.000 cabezas.
Eran tiempos de pioneros, de grandes riesgos y sacrificios. De hombres y mujeres que elegían a la Patagonia como lugar para vivir, formar sus familias y luchar por su progreso. El desarrollo de la actividad ovina, que por esos años tan bien parecía ir encaminada en nuestras pampas o en áreas de Australia y Nueva Zelanda, se veía como el gran propulsor del cambio. Digo “parecía”, por que en el corto plazo, brindaba una buena rentabilidad; pero en el mediano plazo, más allá del negocio y los mercados, el suelo y la vegetación darían muestras de su erosión y empobrecimiento.

La Argentina había incorporado las tierras del sur a su territorio, y el Gobierno Nacional quería poblarlas y colonizarlas. La naturaleza agreste se sentía como un gran desafío a vencer. De hecho, había un nutrido historial de intentos con final de fracaso. Aislamiento, clima hóstil, falta de agua, vegetación escasa, el Puma y otros predadores, incluso aborígenes que podían resultar un riesgo.
No todos veían las cosas de ese modo, en especial en relación a los aborígenes. Excepcionales exploradores como Moreno y Musters supieron respetarlos y ganarse su respeto, y grupos inmigrantes como los galeses, también lo hicieron. Pero la relación tuvo trágicos desenlaces, entre otros motivos, cuando los colonos y sus ovejas fueron cada vez más y más.
En el año1899 el “abrazo del Estrecho” (de Magallanes) entre los presidentes Roca y Errázuriz puso fin a las tensiones entre Argentina y Chile. Nuevos impulsos llegaron a la Patagonia austral. La actividad de las estancias se vió favorecida por aumentos del precio de la lana, que alcanzaron a triplicarse cerca del fin de la Primera Locura Mundial.

A mediados del siglo XX, la realidad de la Patagonia era diferente, pero siempre abierta a pioneros con nuevas motivaciones. Incluso para alguna actividad considerada algo extravagante, como dedicarse a buscar y recolectar plantas. Era el caso de Alberto Soriano (1920-1998) en sus primeros viajes. Su interés era la botánica, y su desafío, entender la naturaleza, no “vencerla”. Agronómo de profesión, no tardó en comprender el gran impacto causado por décadas de sobrepastoreo. Desde entonces, buena parte de su vida la dedicó a estudiar la ecología de nuestra estepa. También, a enseñar y formar nuevas generaciones de investigadores.
En 1956 Soriano publicó la primera descripción fitogeográfica (distribución de plantas) completa de la Patagonia, dando a conocer la heterogeneidad de la región. En su libro “Andanzas de un ecológo en la Patagonia”, escrito en sus últimos años, relata que durante sus primeros viajes al sur, pocos estancieros estuvieron dispuestos a aceptar sus evidencias sobre el retroceso de los pastos y el avance de la erosión.

Se considera ahora que en el manejo de la actividad ovina, tres factores han sido las causas básicas hacia la desertificación de nuestra estepa:
- Desde los inicios, se sobrestimó la capacidad de carga de los campos. No se consideraron límites. Valgan de referencia el sube y baja de algunos datos. Tan sólo en Santa Cruz, de 1895 a 1914 el número de cabezas se disparó de casi 370.000 a cerca de 4 millones. En toda nuestra Patagonia, el número de ovejas llegó a 22 millones en el año 1952. Para 1994, eran 11 millones y en el año 2000 no llegaban a los 8,5 millones (por provincias: unos 4 millones en Chubut; 2 millones en Santa Cruz;1,7 millones en Río Negro; 496.000 en Tierra del Fuego; y 245.000 en Neuquén).
- Los potreros fueron muy grandes y heterogéneos. Lucas Bridges, en su libro “El Ultimo Confín de la Tierra”, narra los detalles de un arreo de ovejas en la fueguina estancia Viamonte a principios de siglo. El potrero (si así se lo puede llamar) más grande tenía 14 leguas cuadradas (35.000 hectáreas), incluyendo entre sus alambrados a colinas boscosas, numerosos chorrillos y 20.000 ovejas. Más de treinta hombres y sus perros debían extenderse en línea para recoger el ganado, y las distancias entre ellos eran tales, que perdían contacto visual.
Ahora bien, las ovejas son bastante selectivas en lo que comen, y prefieren los pastos más palatables. Dentro de grandes potreros (en general de entre 2.000 a 5.000 ha), se desplazan a pastorear con predilección hacia mallines y pastizales palatables. En consecuencia, estas áreas han sido más dañadas que las zonas arbustivas, surgiendo además cambios notables en la proporción entre pastos y arbustos, y en la composición de especies. En el distrito Subandino, por caso, decreció la proporción de pastizales y aumentó la de arbustos, en especial del neneo. En el distrito Occidental disminuyeron los pastos palatables y se incrementó la proporción de pastos no palatables.

- En muchos campos hubo pastoreo continuo durante el año. Cuando esto se da, las plantas quedan sin posibilidad de renovar tejido vegetal, y muchas mueren. En la zona subandina, sí hay más rotación. Allí el ganado es arreado a las buenos pasturas, los llamados campos de veranada. Anticipando la nieve y el frío invernales, se traslada a los campos de invernada, a menor altura y con mejor reparo, si bien con menor calidad de pastos.

A medida que la cobertura vegetal disminuye, el proceso llega a potenciarse.
Aumenta la evaporación del agua del suelo y el porcentaje de radiación del sol que se refleja. La erosión creciente se lleva materia orgánica, nutrientes y semillas del suelo. El viento genera extensos médanos de arena, y algunos ya son centenarios. En conjunto cubren más de 85.000 km2, en su mayoría en Santa Cruz.
Se considera que el 80 % de la superficie de la estepa sufre procesos de desertificación variables entre niveles medio y muy grave.

Factores sociales y económicos, tanto internos como externos, mucho tuvieron que ver también en los altibajos y más bajos de la actividad ovina. Los campos más extensos y las mejores tierras corresponden al norte de Tierra del Fuego y sur de Santa Cruz. Desde las primeras etapas de colonización, grandes extensiones de estas latitudes quedaron distribuídas en pocas manos. En el año 1937, sólo 12.000 propietarios eran dueños de casi 20 millones de cabezas.
En áreas como el centro de Chubut, de colonización más tardía, los campos son pequeños, de baja calidad y con rebaños poco numerosos. Mantienen una escala de subsistencia. En base al número de ovejas por legua cuadrada (2500 hectáreas), en la Patagonia un campo de hasta 300 animales de receptividad es considerado malo, y a partir de 1200, muy bueno.

Como factor de poblamiento, la ganadería extensiva de por sí, genera poca mano de obra, y en la Patagonia le faltó procesamiento industrial a la materia prima.
Sumando el exceso de stock mundial de ovejas y la caída de los precios internacionales de la lana durante la última década, cientos de establecimientos ganaderos de Chubut y Santa Cruz fueron abandonados.


¿Estaba adaptada la estepa para soportar tanto pastoreo?
Parece ser que la prolongada historia evolutiva del Guanaco como herbívoro, habría generado en las plantas cierta capacidad de adaptación y resistencia. Al menos, a diversas especies. Es decir, de no haber existido tantos guanacos en el pasado, el soprepastoreo ovino habría afectado más aún a la estepa en su conjunto.
Si bien las dietas de estos animales tienen sus diferencias, y cambian según regiones, estación del año y competencia que puedan tener. Por ejemplo, para el distrito Occidental, entre el 55 al 80 % de la dieta del Guanaco son arbustos (el yuyo moro, el neneo, el calafate, etc); en cambio más del 80 % de la dieta de la oveja son pastos, variando según la estación.



Fuente: Santiago G. de la Vega, 2003. Patagonia, las Leyes de la Estepa, Contacto Silvestre ediciones.
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